La era del sharing: todo (o casi todo) se puede compartir

febrero 3, 2020

Tendencias – Clarín VIVA

Crece la tendencia de compartir espacios, bienes y servicios. Cómo es la nueva forma de consumir que ayuda a ahorrar y refuerza lazos sociales.

Tiene algo de vaquita, algo de trueque y algo de “si nos organizamos, ganamos todos”. Pero es una idea mucho más amplia y que, a gran escala y con tiempo, podría reconfigurar una sociedad. Hay una nueva forma de consumir. Es colectiva (y no necesariamente entre personas que se conozcan), en algunos casos implica intercambiar dinero por un bien o un servicio y suele haber un intermediario: Internet.

Está bien: ya hay plataformas populares como Uber o Couchsurfing. Pero hay una tendencia a compartir más cosas de nuestra vida cotidiana. ¿Como cuáles? Un lugar de trabajo, un edificio, un medio de transporte. Esta modalidad nos ayuda a ahorrar en recursos que usamos a diario, es un aliado contra el cambio climático y además refuerza los lazos sociales.

“Compartir ciertos tipos de recursos es una idea genial que viene creciendo en muchas áreas y funciona mejor en países donde la gente resulta predecible”, dice Santiago Bilinkis, tecnólogo y autor del libro Pasaje al Futuro, y sigue: “La gran barrera en nuestra región es la confianza entre las personas”.

La oficina de todos

Ximena tiene 33 años. Su empresa se llama Folka y se dedica al desarrollo web. Alan y Sebastián, 28 y 33 años respectivamente, hacen marketing digital. Su emprendimiento se llama Tormenta. “No trabajamos juntos, pero trabajamos juntos”, resume Ximena en un juego de palabras que sirve para explicar que tienen empleos diferentes pero que comparten la misma “oficina”.

Eso es un coworking, un espacio donde conviven millennials, trabajadores que dejaron corporaciones tradicionales, monotributistas, empresas que redujeron costos mudando a sus empleados, freelancers y cualquiera que trabaje a distancia con su computadora.

Los “escritorios” son largos y comunitarios. Cada miembro renta un lugar al que llaman “posición” y no siempre es fijo. En la sucursal Villa Crespo de La Maquinita –que tiene 8 sedes– ofrecen varias opciones en paquetes. Hay oficinas que agrupan a empleados de la misma firma, call rooms, cocina abierta, sala de reuniones y una zona chill out: es posible trabajar tirado en puff gigante con el aire acondicionado a pleno. La membresía más económica –se llama Hot Desk– ronda los $7 mil y la más cara –Own Office–, $14 mil pesos.

Ximena, la desarrolladora web, y Alan y Sebastián, quienes se dedican al marketing digital, se conocieron en el coworking y gestaron un proyecto en común. “Trabajamos entre ocho y nueve horas por día. Es más divertido que en una oficina común. Este es el mejor equipo de trabajo que tuve”, dice Ximena. Sebastián estaba acostumbrado a tener “su” lugar en la empresa anterior. Al principio, la lógica del coworking le costó, pero se adaptó muy rápido. Alan agrega: “Compartimos el espacio, pero sobre todo conocemos personas. El factor humano es importante”. También salen los jueves y participan de las actividades gratuitas que organiza La Maquinita para sus maquineros. ¿Cuáles? Un curso de coctelería los viernes, por ejemplo.

Vamos juntos

Hace unos diez años era una forma muy común de moverse en los Estados Unidos e Israel, pero en la Argentina esta práctica no existía. O al menos no estaba organizada en una app. Carpoolear es un proyecto colaborativo que surgió en Rosario en 2013, con la idea de que las personas compartan el vehículo y los gastos de un viaje. Basta con ingresar con un usuario a la aplicación, indicar la ciudad de origen y el destino para que aparezca un conductor o un pasajero. Entre todos pagarán el combustible y los peajes, ahorrando más de la mitad de lo que cuesta un pasaje en micro.

“Pero no es un servicio de transporte barato ni un remís. Es compartir un viaje”, remarca Emilio Gentile, de la asociación civil STS, creadora del proyecto. Y “compartir” un viaje implica conversar, sonreír, cebar unos mates… ser, básicamente, amable. “Esto funciona en base a la confianza”, suma Gentile.

Hay un sistema de calificaciones que corre para el conductor y los pasajeros, y además es posible chequear los perfiles antes de confirmar el lugar en el auto. Los destinos más demandados son Rosario, Buenos Aires y Córdoba, y la Costa Atlántica en verano, pero la plataforma funciona a nivel nacional. En cada viaje a carpoolear hay información sobre el horario de salida, tiempo estimado de viaje y la huella de carbono. “Menos autos circulando implica reducir la emisión de gases de efecto invernadero, lo que genera un impacto positivo en el medio ambiente”, dicen en su Web. Unas 10 mil personas por mes usan el servicio.

“Tengo familia en Córdoba y hace un año que uso la app. Ahorro en viaje, pero lo valioso es que conozco gente”, dice Camila, 35 años.

Hola, soy tu vecino

El coliving es una alternativa al alquiler que ofrece este plus: “Hacer la experiencia de vivir en comunidad”. ¿De qué se trata? Firmar un contrato temporal (el mínimo es quince días), ocupar un departamento en un edificio y usar los espacios comunes para cenar, descansar o estudiar con tus vecinos. El paquete es un poco más caro que el alquiler de un dos ambientes en Palermo (unos $22 mil), pero el personal de limpieza pondrá orden en el departamento, no hay que ocuparse de pagar los servicios porque están incluidos y ante cualquier desperfecto (que se caiga el servicio de wifi o un problema doméstico, por ejemplo) basta con dar aviso en la app. Así funciona Casa Campus, un proyecto inmobiliario que ya levantó ocho edificios en la Ciudad y el Conurbano desde 2013.

“En la Argentina hay un mercado de universitarios y jóvenes profesionales muy potente. Ellos no necesitan ser dueños de cosas ni está entre sus prioridades casarse y tener hijos pronto, con lo cual no están en la búsqueda de una casa. Su prioridad es conocer lugares y personas. Ese es un factor importante en este negocio”, explica Fahad Siddiqui, presidente de Casa Campus.

El departamento que recorrió Viva está en el edificio de Congreso. Es un monoambiente amplio y luminoso, con la cocina integrada. Los placares son pequeños, como para quien está de paso. Esa noche en el Casa Campus de San Telmo hay un pizza party para los vecinos.

Una bici, nuestra bici

“Ya tengo mi rutina armada: salgo de mi casa a las 7, agarro una de las bicis naranjas y pedaleo hasta el subte. El último tramo hasta el trabajo lo hago a pie. Ahorro tiempo, plata y hago ejercicio”, dice Pablo, 39 años. Las “bicis naranjas” son las que ofrece gratis el gobierno de la Ciudad. Hace unos meses reemplazaron a las amarillas y vienen con el sponsoreo de un banco. La demanda es tal que cuesta conseguirlas. “O no las cuidamos. Muchas veces hay bicicletas en la estación, pero están rotas o pinchadas”, agrega Pablo.

Hay 3 mil bicis. Según datos de la Secretaría de Transporte porteña, 630 mil personas las usan. Se realizan aproximadamente 30 mil viajes diarios y el pico de viajes en un día fue de 37 mil.

“En Buenos Aires todavía es estresante pedalear porque no sabemos convivir en la calle”, opina Pablo. Compartir un medio de transporte como la bicicleta es una tendencia mundial: hay estaciones en Amsterdam, Barcelona, Copenhague, París, Londres y Nueva York. En esas ciudades el concepto de movilidad propone repensar el transporte para mejorar la calidad de vida y convivencia de sus ciudadanos. Veremos cómo funciona con el tiempo.

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